Poder, democracia y sociedad / Adrián de la Rosa

0
134

(En memoria del Dr. Héctor Fix Zamudio)

Los siglos XIX y XX se caracterizaron por sus caudillos, personas que guiaban y mandaban sobre un grupo de personas armadas, no necesariamente un ejército en su concepto formal, aunque con todas o casi todas las características. Caudillo es también el título con el cuál se adaptó al español la voz alemana führer y la italiana duce. Desde entonces y con la entrada en vigor de la carta de las naciones unidas que surgió de la primera guerra mundial, surgió en contra del caudillismo, el autoritarismo y las dictaduras, la protección de los derechos humanos. Caudillo se llamó también en España al General Franco.

Hubo dos declaraciones que trataron de regular esta primera protección a los Derechos Humanos. 1. La Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre y 2. La Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ambas posteriormente incorporadas en otros tratados obligatorios, que hoy día les otorgan la característica de vinculantes, primero a través de naciones unidas y luego a través los sistemas regionales, lo que ha dado un desarrollo muy importante en el ámbito internacional, del que México ahora también forma parte y en vigente en su derecho público interno, conforme a la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados en su artículo 27, que dice que ningún país parte puede refugiarse en su derecho interno, para no cumplir con los tratados internacionales.

Podría decirse que el acontecimiento de la segunda guerra mundial y su desarrollo casi totalmente en Europa, ha dado pie a que su sociedad tome consciencia de la importancia de establecer límites al poder, de apreciar más su democracia y de organizar mejor a su sociedad. En América Latina, aún después de la Segunda Guerra mundial y con todo el entramado jurídico generado posteriormente en materia de derechos humanos, parece pasar casi desapercibido para algunos miembro de su población, sin demeritar los continuos pero no uniformes esfuerzos de nuestras Naciones, Entidades Federativas/Departamentos y Municipalidades, las que crepitan en un también continuo vaivén de rezago y vanguardia sobre desarrollo económico sostenible, democracia y organización social, derivados de la falta de rendición de cuentas y opacidad en el ejercicio del poder.

Nos resulta difícil entender como sociedad que, al Poder -entendido bajo el principio de división de poderes-, no se le aplaude, se le cuestiona, se le obliga y exige a rendir cuentas claras, a trasparentar todos sus procesos internos. La sociedad debe ser cada vez más consciente de la necesidad de contribuir al desarrollo del país, si; pero también el Estado debe enfocarse más, de garantizar que el desarrollo social y económico consolide las inversiones lícitas, tanto como ampliar la generación de empleos formales y sostenibles; pues es bajo la combinación de estos dos factores que nuestro país avanzará en sus indicadores sociales y económicos y no decretando exógenamente incrementos salariales. Esto último equivale a acrecentar la recaudación, solo decretando el incremento de las tasas grabables o inventando nuevos impuestos, sin traer de regreso a los contribuyentes ningún beneficio adicional y lo que es peor aún, sin siquiera cumplir bien con las más básicas obligaciones constitucionales prestablecidas.

Como se puede ver, la competitividad del país solo se puede mejorar si es el propio Estado quien se encarga de cumplir los Estándares Mínimos de Debida Diligencia en el trabajo, lo que significa que debe supervisar y vigilar no solo por promover que existan mejores y mayores inversiones de capital privado, sino que éstas se encuentren orientadas a la generación de empleos sostenibles en el tiempo, que los empleos existentes sean no solo dignos, sino que sus productos y servicios sean de calidad competitiva, adecuando y creando para ello, las Normas Oficiales Mexicanas vigentes donde haga falta. Para no dejar de cumplir así, el contenido armónico de los artículos 1º,5º,25º,26º 31º, fracción IV y 123º de nuestra Constitución.

Por eso al poder no debe solamente aplaudírsele como en la época de los caudillos -cualquiera que sea su afiliación partidista o preferencia política-, ello equivale a retroceder al siglo XIX o XX. Siglos que se caracterizaron por el caudillismo, tiempo en el cual solamente era reconocida y ensalzada como persona la figura del propio caudillo, el resto de las personas eran consideradas “tropa”, no había reconocimiento alguno para ellos, a pesar de que derramaron su sangre, sin duda con valor por defender un ideal, acaso defendiendo algún principio. Lamentablemente nuestra historia no los reconoce, acaso se inmortalizaron algunas pocas muestras fotográficas de los millones caídos en las guerras intestinas de México y en la revolución; pero todos ellos fueron opacados por el brillo y reconocimiento dado a su caudillo.

Hoy México reconoce a través de su Constitución a todas las personas, todos los derechos humanos y libertades; ahora en nuestro tiempo, es el Estado mexicano el que se encuentra obligado constitucionalmente, no solo a garantizar estos derechos y libertades a cada persona física o moral, sino a rendirnos cuentas con claridad. Quizás algunos no lo saben aún, y por eso viven bajo el temor del autoritarismo, con el equivocado deber de obediencia a quien impone por la fuerza o por el engaño su voluntad, que atenta peligrosamente con quitarnos el derecho de ser informados claramente del destino final que se le da a nuestras contribuciones, pero es deber de todos difundirlo.

México ha avanzado desde finales del siglo pasado en el perfeccionamiento de su sistema democrático; sin embargo, no ha sido así en la calidad de la política y en las cualidades de sus políticos, quienes siempre buscan aferrarse al poder, tal como lo hace un cáncer maligno que se aferra a un cuerpo sano. Nuestra sociedad debe gradualmente apartarse de esos vicios que nacen precisamente del reciclaje de insanos personajes que tienen todo, menos el ánimo de verdaderamente fungir como auténticos representantes de la sociedad. Afirmo esto desde mi perspectiva de ciudadano sin afiliación política a ningún partido.

Hoy México ha cruzado el umbral del populismo por medio del cual han caído en desgracia países latinoamericanos como Venezuela, Ecuador o Bolivia, los cuales han tenido en exceso tiempo para lamentar sus efectos nocivos. Que el odio y el fanatismo -caballos de guerra del populismo autoritario- no conviertan a México en otra más de las víctimas latinoamericanas, hoy más que nunca al entrar en el proceso electoral más importante de la historia, defendamos nuestras instituciones electorales reconocidas así en la Constitución, al hacerlo protegemos nuestra democracia de los extremismos y la discriminación y del muy posible desconocimiento de resultados oficiales.

Ya podemos sentir los efectos de este fenómeno sociopolítico, -como se sienten los primeros efectos de un poderoso huracán cuando se avecina- podemos verlo en la desorganización y oscuridad en la adquisición de las vacunas y su pésima campaña de implementación, en el galopante desempleo, en el quiebre de empresas -que son fuente de empleo-, en la inseguridad ciudadana, en la creciente corrupción y opacidad, en la deficiente educación y en la forma de repartir los recursos públicos sin método para medir los alcances de sus resultados, en la falta de crecimiento económico del que se niegan a hablar a todo costo, en la pésima orientación de las inversiones públicas que hace este gobierno en energías fósiles, cuando nuestros socios comerciales y el mundo entero apuestan por las energías limpias.

Es nuestro deber como mexicanas y mexicanos, defender todos los días nuestra dignidad humana reconocida en la constitución, en tanto somos seres racionales dotados de libertad. Insisto, no se trata de cualidades otorgadas por nadie, por que son sustanciales del hombre entendido como ser humano. Es por ello que como sociedad, debemos sentir primeramente respeto por nosotros mismos como individuos, al mismo tiempo que respetamos y valoramos a los demás en un plano de igualdad y no discriminación, la que todas las autoridades -en todas sus competencias- se encuentran en la obligación positiva de garantizarnos. Y de la que también debemos exigir respeto cuando el propio autoritario por medio de sus brigadas digitales, atacan a quien se opone al régimen.

La oportunidad para la defensa de nuestras libertades y derechos humanos reconocidos hoy en la Constitución se da todos lo días, pero el día decisivo para su defensa lo será el domingo 06 de junio de 2021, en esta fecha posibilitaremos la capacidad de decidir por nosotros mismos, de elegir nuestro destino, de actuar en consecuencia de nuestros deseos, de poder realizar nuestro plan lícito de vida y ser lo mejor que uno puede llegar a ser, sin que autoridad alguna lo impida mediante la discriminación o el odio.

Descanse en paz, el Dr. Héctor Fix Zamudio, un hombre que entregó su vida al entendimiento y difusión del constitucionalismo y sus procesos. Nos leemos la próxima semana.